
La psicóloga Paola Pérez Correas ha expuesto en COPE el mapa que describe la interdependencia entre salud mental y salud física: el 21,3% de los mayores de 45 años que llegan a consulta presentan problemas emocionales, y alrededor de una de cada tres visitas médicas termina derivándose a servicios especializados. Para el clínico que planifica intervenciones con componente corporal — desde la neurorrehabilitación hasta las terapias asistidas con caballos — el dato no es sociológico, sino operativo: pauta el umbral mínimo de sospecha ante cualquier paciente que se nos remite por dolor, aislamiento o pérdida de autonomía.
La doble lectura del 21,3%
Pérez Correas ha enmarcado la prevalencia en una realidad doble, y conviene no confundirla con alarma. Por un lado, existe un incremento real de los cuadros de ansiedad, tristeza persistente y alteraciones del sueño. Por otro, se detectan antes, porque la sensibilización social ha reducido la vergüenza y la reticencia a pedir ayuda. El matiz importa en consulta: cuando un paciente verbaliza su malestar, ya no es un caso tardío, sino un caso accesible. La variable de fondo que la especialista ha subrayado es que la salud física y la mental no pueden entenderse como compartimentos estancos; cuando se inicia un problema orgánico, se inicia también un problema emocional en paralelo. Esa continuidad es la que justifica, desde la fisioterapia, abordajes que integran el vínculo y el movimiento, como la equinoterapia.
Colectivos donde el dolor se cronifica
La psicóloga ha identificado tres perfiles que acumulan factores de riesgo y que, en el ámbito de las terapias ecuestres, coinciden con franjas habituales de derivación: mujeres en situación de desempleo, personas octogenarias y pacientes con enfermedades crónicas. En todos ellos, la falta de empleo desestructura la rutina, la socialización y el sentido de utilidad personal; a ello se suman la soledad no deseada, la pérdida de autonomía y el dolor continuado como erosiones lentas del bienestar emocional. Pérez Correas lo ha resumido con una frase que captura el núcleo clínico de las intervenciones con caballos: "Es muy difícil estar contento si uno está sintiendo dolor". La afirmación entronca directamente con la lógica que sostiene las terapias asistidas: si el malestar persistente absorbe recursos atencionales y compromete la socialización, cualquier dispositivo que combine movimiento, vínculo y entorno — como la equinoterapia — trabaja sobre los tres ejes de forma simultánea.
Qué vigilar en la práctica
Estar dentro de un grupo vulnerable no implica desarrollar un trastorno psicológico, pero sí obliga a activar la vigilancia, como ha recordado la especialista. En consulta, esto se traduce en monitorizar circunstancias cotidianas — sueño, nivel de actividad, red social, dolor autorreportado — antes de que cristalicen en clínica. En los equipos que integran caballos en sus programas, la recomendación operativa es la misma: cuantificar el estado de ánimo con la misma periodicidad con la que se mide el equilibrio, el tono postural o la disociación pélvica. La respuesta emocional del paciente no es un anexo al progreso terapéutico; es, junto con el control motor, uno de sus indicadores principales.